domingo, 8 de abril de 2012

La vampira del Raval

El pasado mes de febrero se cumplieron cien años de la encarcelación de Enriqueta Martí, conocida como la vampira de la Calle Poniente -actual Joaquim Costa- o la vampira de Barcelona. Se trata de un fascinante caso en el que se mezclan la miseria, la ambición, la pederastia y la capacidad de los poderosos para salir indemnes de todas sus fechorías. Esta mujer nació en Sant Feliu del Llobregat el revolucionario año de 1868 y pronto se trasladó a Barcelona para servir en casa como niñera, oficio que abandonó para dedicarse a la prostitución. Fue entonces cuando conoció a su marido, el pintor Joan Pujaló, con el que se casó en 1895 pero el matrimonio fracasó, según este, por la afición de su esposa a los hombres y sus frecuentes visitas a burdeles así como por su extraño e impredecible carácter. Pese a esto, la pareja se reconcilió hasta seis veces y él se interesó por ella en el momento de su detención.
Enriqueta Martí llevaba una doble -o triple- vida: por el día, mendigaba, muchas veces con alguna criatura de la mano y, por las noches, se dice que se la podía ver luciendo galas en el Liceo o en el Casino de Barcelona. Y es que tenía otros negocios más lucrativos que la mendicidad como eran el proxenetismo de menores y la creación de ungüentos con restos humanos para combatir la tuberculosis, terrible enfermedad en aquel momento. Las gentes acomodadas eran sus clientes y, al parecer, también su seguro de vida ya que en 1909 fue detenida en su piso de la calle Minerva de Barcelona, acusada de regentar un prostíbulo en el que se ofrecían los servicios de niños y niñas de entre 3 y 14 años, pero gracias a sus contactos, el juicio nunca se celebró.
Entre las gentes corría la voz del secuestro de niños pero las autoridades, con el recuerdo temeroso de la Semana Trágica, intentaban negar los hechos, hasta que Enriqueta cometió un error: secuestrar a Teresita Guitart. Ella solía secuestrar a niños de familias pobres, a hijos de prostitutas que difícilmente podían denunciar los hechos. Sin embargo, la familia de Teresita sí tenía los medios para hacerlo y la ciudad se volcó con ella. Una vecina, Claudia Elías, vio a Teresita por un ventanuco, se lo explicó al colchonero y este, a su vez, al agente municipal José Asens que lo denunció a Ribot, su jefe, que fue el que la detuvo. En la inspección del entresuelo del número 29 de la calle Poniente así como en otros pisos en los que Enriqueta había vivido, encontraron una auténtica casa de los horrores: restos de hasta trece niños, huesos convertidos en polvo, botes con sangre... y una libreta con los nombres de sus prestigiosos clientes que las autoridades se apresaron en ocultar.



Con los mimbres de esta historia realmente truculenta, se ha creado una obra de teatro La vampira del Raval que se representa en el Teatre del Raval, antiguo comedor social donde había acudido en numerosas ocasiones la propia Enriqueta. Y para allá que me fui del brazo de mi querido Crístian Oró. La obra, escrita por Josep Arias Velasco y dirigida por Jaume Villanueva, recrea un café-teatro de la época, con toda la crítica social y el humor de un cabaret berlinés. Preciosa la música compuesta para la ocasión por Albert Guinovart, espléndidamente dirigida por Andreu Gallén. La escenografía está muy bien resuelta y consigue que el público se adentre en la ciudad de la época. Y fantástico, por supuesto, el plantel de actores. Las escenas con niños se realizan con marionetas que logran erizar la piel gracias a la destreza de la también actriz y cantante Valentina Raposo. Difícil papeleta para la actriz Mercè Martínez defender un personaje tan deleznable como Enriqueta Martí, pero ella lo hace de manera magistral, provocando tanto la risa como la emoción, especialmente cuando canta Somnis de puresa. Cabe destacar la solvencia en el escenario del joven actor Lluís Parera cuya bonita voz y empaque sobre el escenario cautivan desde el primer momento. Yo ya lo había visto actuar anteriormente, cuando todavía era un actor amateur y tenía claro que había que seguirle la pista, como ahora queda demostrado.Y, finalmente, Mingo Ràfols, absolutamente espléndido en su papel de vedette. En mi opinión, cualquier persona sensible lleva en su interior una vedette, pero se necesita mucho arte para lucirla en público. Y Mingo Ràfols tiene todo el arte del mundo.
Después de la obra, como Crístian tiene mano en esta troupe teatral, seguimos adentrándonos en ese Raval canalla que tanto me gusta. Pero lo que pasó lo dejo como uno de los tantos misterios de Barcelona.


3 comentarios:

  1. ¡Muy buena crónica! ¡Y lo bien que os lo pasaríais!

    ResponderEliminar
  2. ¡Mucho! La obra es fantástica y la recomiendo vivamente

    ResponderEliminar
  3. Rafa, ya ves... cita ineludible!!!

    ResponderEliminar