martes, 2 de agosto de 2011

La ley del orden


Veo el reportaje de Jon Sistiaga Amarás al líder sobre todas las cosas y algo llama poderosamente mi atención. No se trata de la delirante concepción del mundo en Corea del Norte, que parece calcada de 1984. Por desgracia, los regímenes totalitarios y sus fascinantes puestas en escena son algo viejo y, por lo tanto, ampliamente estudiado y analizado. Lo que realmente me ha sorprendido es la presencia en el reportaje de Alejandro Caos de Benós de Les y Pérez, un aristócrata de Reus, comunista convencido, que preside la “Asociación de Amistad con Corea”, una agrupación financiada por el dictador Kim Jong iI y dedicada al proselitismo. Alejandro se ha ganado la confianza del régimen y se ha convertido en un personaje tan popular que incluso aparece en la televisión cantando en coreano. Organiza viajes a Corea del Norte por el módico precio de 2400 euros y es uno de los encargados, junto con los amables “guías” de que ningún turista pueda grabar o fotografiar más que lo que ellos consideran oportuno y de que no puedan establecer contacto con ningún ciudadano.
            ¿Qué puede llevar a alguien que ha crecido en una democracia –por muy imperfecta que esta sea- a defender firmemente una dictadura en la que han muerto miles y miles de personas por hambre? ¿Cómo creer que el dictador ha escrito de su puño y letra, él solito, nada más y nada menos que 18.000 libros que, además, son de una gran densidad?¿Cómo justificar que los dirigentes comunistas viajen en Mercedes y el resto de la población en bicicleta? Según él, su desengaño por un mundo egoísta.
            Algo similar me sucede cuando veo a una mujer española convertida al islam, velada y asegurando que el velo le da la libertad. Por mi trabajo viví de cerca la llegada de mujeres marroquíes a Cataluña a mediados de los 90. En aquel momento, solo algunas de las casadas, normalmente las que venían del campo, se cubrían la cabeza, pero casi nunca las solteras y, ni mucho menos, las niñas. Ahora, la mayoría de crías acuden a los institutos cubiertas. También viví como obligaron a casarse a una adolescente con un señor que hasta para mí resultaba mayor y como fue obligada a usar el hiyab. Por supuesto, el tema de dicha prenda es muy complejo y yo no soy nadie para sentar cátedra al respecto pero sé, por mi experiencia, que en muchos casos se trata de imposición y, sobre todo, de presión social. La prueba está en que se pueden ver más pañuelos en la periferia de Barcelona que en Casablanca.
            Es difícil, si has crecido en un régimen totalitario que impide cualquier contacto con el exterior, tener una opinión crítica al respecto, del mismo modo que es difícil ser realmente libre ante la decisión de cubrir o no tu cabeza en un ambiente islámico pero, ¿por qué personas de nuestro entorno sucumben ante esto? Es difícil encontrar una respuesta. Supongo que tiene que ver con la falsa ilusión de seguridad que dan las verdades absolutas, la necesidad de asideros sólidos en la actual sociedad líquida, creer que de verdad existe un mundo perfecto, ordenado, en el que basta obedecer unos preceptos para encontrar la felicidad.

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