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jueves, 6 de octubre de 2011

Ya se han casado

De la Duquesa de Alba se dice constantemente que siempre ha hecho lo que ha querido. Suerte que tiene. A mí me hubiera encantado tener esa fama, pero es que he estado demasiado ocupada en estudiar, en buscarme la vida, en trabajar un montón de horas... en fin, esas cosillas que te pasan cuando no eres Grande de España y no tienes ni un mal título nobiliario. Ahora, eso sí, me parece estupendo, cada una es libre de convertirse en un hazmerreír tanto como desee -o la pasta se lo permita-, sobre todo si sabes que tienes detrás a un enjambre de periodistas o colaboradores de programas varios dispuestos a decir lo valiente que eres, lo bien que vistes y lo bohemia que eres. A veces me da la impresión de que una parte de la población de este país siente nostalgia de tiempos remotos y pretenden mantener antiguos usos como los del vasallaje sin ir más lejos. Así, mientras que aquí tenemos que aguantar sandeces sobre el triunfo del amor, en la prensa internacional hablan de una mujer excéntrica y extravagante y de unos hijos que respiraron aliviados el día que repartió la herencia en vida. Porque esa es otra, los hijos. Yo, que tengo como uno de los libros de cabecera  La enfermedad como camino cuya tesis principal es que la enfermedad nos hace sinceros ya que son la plasmación física de lo que nos pasa en la mente, creo no hay prueba más evidente del sentir de su prole que la oportuna varicela de Eugenia: la boda de su madre le ha provocado auténticos salpullidos.


Otro de los lugares comunes de cierta prensa autóctona es lo mucho que la quiere el pueblo, especialmente el de Sevilla. Pues motivos no faltan, sin duda, para tanto amor: esta buena señora se queda con una gran parte de las subvenciones que recibe la agricultura española y, para colmo, se acoge a cuanto chanchullo puede para pagar lo mínimo posible a Hacienda. De hecho, en Sevilla la quieren tanto que su estatua está siempre llenita de pintadas. Le pregunté a Arcadi, que para mí es una autoridad en todos estos temas, su opinión sobre la boda a lo que me contestó: "a mí me encanta cuando se ha puesto a hacer Kung fu en medio de la calle". Pues eso.

lunes, 18 de abril de 2011

Sorpresas te de la vida

Hace once años, la Semana Santa cayó en las mismas fechas que éste y yo fui a Sevilla. En el tren, el silencio se esponjaba y yo pensaba en esa vida que llevaba, que se parecía tanto a la que había diseñado en mi imaginación, pero que me hacía tan profundamente infeliz. Estos pensamientos se disiparon al llegar a Sevilla, tan radiante y luminosa en el mes de abril, que de tan bonita me parecía un decorado teatral. Yo contribuí al espectáculo con el traje negro que me hice confeccionar por mi tía Chencha y con mi peineta y mi mantilla. El día que lucí dicho atuendo resultó un día tan feliz que, al acabarlo, hubiera deseado que volviera a empezar de nuevo.

Aquella Semana Santa cumplí los años en Sevilla. Pasaba por el puente de Triana, dispuesta a disfrutar de la Madrugá, cuando dieron las 12. Como siempre estoy dispuesta a creer en los buenos augurios, pensé que aquello era algo realmente auspicioso y que, sin duda, mi realidad se iba a transformar como por arte de magia, que los astros iban a estar de mi parte. En cierta manera, eso fue así. Pocos meses después, sin apenas pensarlo, le di la vuelta a mi vida como a un calcetín y me fui dejando en el horno esas lubinas que ya nadie se iba a comer. Una no se aleja de su pasado solo por cerrar una puerta y arrastrar una maleta hasta la estación de tren, pero eso lo descubrí más tarde. Entonces no sabía de todos los planes que nunca se iban a realizar ni de todos los momentos duros, durísimos, que me esperaban. Pero tampoco sabía todas las sorpresas maravillosas que me aguardaban, todos los sueños que sí que se iban a cumplir y aquellos otros que ni tan siquiera me había atrevido a soñar de tan maravillosos pero que también se materializaron.

En la vida hay personas a las que quieres mucho, personas que forman parte de ti y que siempre están a tu lado. En mi vida, además, hay tres personas que, cuando aparecieron en ella, le dieron un giro argumental, la transformaron por completo. Personas sin las cuales no sería como soy hoy. Personas que confiaron en mí y que, como en los versos de Salinas, sacaron de mí mi mejor yo. Esas personas son Neus Carbonell, José Ramón López y Amparo Tusón. Va por ellos.