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domingo, 11 de septiembre de 2011

Días de verano


A pocas horas de la vuelta al cole, recibo un e-mail de mi amiga con unas fotos de este verano, retazos de felicidad. Desde hace años tenemos una tradición, para nosotras sagrada, la de pasar unos días juntas en la Costa Brava. Horas en la playa, bajo la bendición del sol, contemplando -cada vez más de lejos- los juegos de sus hijos, de disfrutar de la belleza infinita de nuestro paraíso particular. Y noches de charlas interminables en la terraza, con esa sensación de ligereza que te da el Spritz.
Dentro de esa tradición estival, cumplimos con nuestro rito de ir de excursión a las diferentes calas y pedirle a nuestro faro que nos ilumine el año porque, para las personas que hemos vivido toda la vida regidas por el horario escolar, el año empieza en septiembre. Y cada año volvemos a admiramos por el milagro la naturaleza que inunda nuestros ojos y nos emocionamos por la gran cantidad de peces que vemos mientras buceamos. Adoro esa sensación de sentirte fundida en el mar, de vivir ese profundo presente.

Existe un proyecto para convertir nuestro lugar de peregrinaje en reserva marina pero la crisis -palabra que ya ha devenido en casi totémica- y la falta de acuerdo entre los diferentes partidos políticos lo han paralizado. Es evidente que la naturaleza nos sobrevivirá a todos pero no estaría de más que le echáramos una manita así que espero  que, finalmente, el proyecto llegue a buen puerto.
Y, mientras tanto, feliz inicio de curso.

lunes, 11 de julio de 2011

Días de verano

Cuando yo era pequeña se empezó a extender el concepto "segunda residencia", esas casas en la playa o en el campo en las que pasar los fines de semana y vacaciones. Muchas veces pertenecían a personas de clase obrera, con pequeños pisos en la periferia de Barcelona que encontraban así un desahogo. Siempre he pensado que sería más lógico vivir en una casa y tener un piso pequeño en el que pasar los días de asueto, pero la realidad del país es -o al menos ha sido- esta. En mi entorno fue, desde luego, un fenómeno muy popular: mis padres, muchos de mis tíos, los padres de mis amigos... Así, además, se extendió otro concepto: el de "Rodríguez". Como muchas de las madres de la época no trabajaban, al llegar julio, cogían a los churumbles (propios o, a veces, de hermanas, cuñadas o vecinas) y se iban para la "torre" mientras sus maridos se quedaban trabajando y, posiblemente, en la Gloria. Como entonces no había ni móviles ni Internet, por las noches tocaba paseo hasta la cabina para llamar al papi.
 En muchos casos, esas personas ya están jubiladas y aunque los Rodríguez están de capa caída, habría que acuñar un nuevo término para esas legiones de abuelos y abuelas que se llevan sus nietos mientras sus churumbeles -que ya han crecido- trabajan para pagar el alquiler, la hipoteca (de la primera residencia, claro, lo de segunda es ya ciencia-ficción) y las actividades extra-escolares. Así, si paseas por cualquiera de estas playas cualquier día de julio verás que la palabras más repetida es "yayo" o "yaya". También se pueden contemplar escenas enternecedoras como ver a una criatura de unos tres años móvil acercándose mucho el móvil a la boca para decir "me porto muy bien", mientras agarra la mano de su abuela.
Me gustan las horas que se deslizan perezosas entre los pinos, los almendros y los viñedos hasta zambullirse en el mar, la comidas familiares de sabor veraniego, con sus gazpachos, sus tortillas de patatas, su ensaladillas rusas y sus helados de postre, esa sensación de que el tiempo se ha detenido, de que todo es viejo y nuevo a la vez, en un eterno círculo de vida y muerte.